
La
creación abierta y sus enemigos
Asger Jorn

Editado en el # 5 de
Internationale Situationniste.
Traducción extraída de Internacional situacionista,
vol. I: La realización del arte, Madrid.
Literatura Gris, 1999.
"Las personas no hubiesen sido nunca conocidas
si excelentes adversarios no hubiesen hecho estado de ellos. No
hay venganza mayor que el olvido, porque sepulta a las gentes
en las cenizas de su nada."
-
Baltasar Gracián, El hombre de corazón
"He considerado siempre a la
Internacional Situacionista como uno de esos errores
intelectuales que se debe dejar que el tiempo acabe por
disgregar y esparcir sus cadáveres. Los explotadores de
descubrimientos ajenos, que sólo se justifican por las
síntesis que efectúan, siempre me han horrorizado.
Tengo razón al considerar a los situacionistas como
submarxistas de vigésima fila repletos de fórmulas
trogloditas anticulturales. El ex-pintor del movimiento
Cobra cuyos principios no han dado lugar a nada (es
de mí, de quien se trata, Asger Jorn), que sólo
reproduce abstracción lírica de cuarta fila y de quinto
orden y que solo se ha manifestado de forma coherente
después de la guerra, en 1948, con la formación de
Cobra, inspirado por Bjerke Petersen, al que Richardt
Mortersen, Egler Bille y Egill Jacobsen dieron su apoyo
antes que él y cuya aportación en su propio país no ha
tenido verdadera importancia (porque hay artistas que no
desvelan nada en el plano internacional, pero aplican
creaciones forjadas en otros sitios en un marco
nacional), le aconsejo que se dedique a la pintura, no
porque estime sus cuadros, sino porque he leído sus
obras 'filosóficas'. El arte abstracto, sobre todo el de
un fabricante prologado por Jacques Prevert, el Paul
Géraldy del surrealismo, debe venderse bien y apasionar
a todas las modistillas. Mi concepción cultural y mi
creación imponen rigor a mis escritos. Tengo ya
bastantes problemas para ser responsable únicamente de
ellos, en los que no hay ninguna frase falsa, ningún
juicio que reconsiderar." Por todas las razones que
expone, comprendo perfectamente que el letrista Maurice
Lemaître haya encargado a un escritor a sueldo llenar
136 páginas de su revista Poésie Nouvelle nº
13 en caracteres pequeños, muy apretados, con un estudio
sobre la Internacional situacionista.
La enorme extensión de la obra es su
único carácter excepcional, lo que se explica
fácilmente. Un esfuerzo de invención y de comprensión
como el que pienso haber mostrado en mi estudio sobre el
valor no puede pagarse por horas, y en consecuencia no
tiene una medida objetiva en dinero. Las costumbres del
asalariado industrial han penetrado visiblemente algunas
capas de la frontera de la vida intelectual, y, por
ejemplo, el periodismo rutinario se paga por líneas. Y
es evidente que a este tipo de trabajador le interesa
aumentar la velocidad y la cantidad de su producción en
detrimento de su calidad. Esto se ve sobre todo en la
pobreza de las informaciones, puesto que deben reunirse
en un tiempo no pagado. Y en el nivel de semejante
trabajo, que implica que los que aportan los fondos,
satisfechos con tan buen precio, tienen una inteligencia
inferior y muy fácilmente colmada. Las "razones
estratégicas" de las que parte Lemaître, y que le
han forzado a cometer semejante imprudencia, siguen
siendo oscuras. Si, como dice, había "descartado la
idea de explicarse sobre la I.S." él mismo, más le
hubiera valido dejar correr el asunto abiertamente o
confiarlo a un hombre culto. Porque Lemaître, como
empresario, es totalmente responsable del trabajo de
su destajista.
En Internationale Situationniste,
nº 4 había desvelado el sistema, la gramática
semiológica de Lemaître, precisando que se trataba una
óptica subjetiva cuyas posiciones estaban establecidas
en función del propio Lemaître, y no de un sistema
objetivo. Lemaìtre reconoce su ignorancia y su falta de
creatividad científica (pág. 74). ¿Cómo puede
entonces tomar mi constatación por un insulto? Es
indiscutible que mi crítica del concepto marxista del
valor es estrictamente científica, y que es además la
primera crítica completa que se ha hecho. Lemaître la
llama subsubsubmarxismo. ¿Y por qué no? Sin embargo,
hay que señalar que Lemaître ha reconocido y dado valor
a los aspectos científicos del trabajo experimental de
la I.S., ya que ha podido tratar este tema en 136
páginas sin sentirse obligado nunca a mencionar uno
sólo de los nombres de los participantes en esta
experiencia. Es la objetividad pura. Lemaître ha jugado
con la ley de las grandes cantidades. Las múltiples
citas que atribuye indistintamente a alguien que llama
"el situacionista" han sido tomadas de los
escritos de diez de nuestros camaradas
exactamente (sin considerar las declaraciones colectivas:
esta cifra se aplica tan sólo a los textos que estaban
firmados individualmente por sus autores).
Lemaître, como el marxismo, ha caído
en el cepo entre el absoluto y el sistema de medida de la
geometría euclidiana. Esto le lleva a involuntarios
sinsentidos, como el de distinguir grados de eternidad.
¡Pretende (pág. 56) ser capaz de asegurarse una
victoria 'más eterna' que nadie!
Leer a Lemaître es muy divertido por
otra parte. El carácter postmarxista, inspirado en la
organización de los obreros que luchan por mejorar su
situación económica, se percibe claramente en la base
de la erotología práctica que Lemaître ha puesto a
punto en varios volúmenes. Su esfuerzo por organizar un
sindicato de gigolos, sistematizar la lucha por el
aumento de sus salarios y mejorar notablemente su
técnica para satisfacer las pasiones de sus clientes,
incluso las más dramáticas, es una honesta empresa
reformista de defensa del nivel de vida en los empleos
existentes en el marco económico actual. Lemaître
había admitido poco antes que esta educación no podría
darse en el estadio situacionista del prodigio, pero no
ha sabido sacar provecho de esta intuición. El hombre
puede naturalmente, si se esfuerza de verdad,
considerarse como productor, y la mujer como consumidor
en el proceso erótico si sus relaciones no tienen
consecuencias. Y si el número de nacimientos de niños
disminuyese considerablemente respecto al de niñas, esto
podría abrir perspectivas que merecerían
consideraciones económicas. Pero es imposible considerar
a la juventud como menos productora que consumidora, y es
totalmente contrario a sus intereses el disminuir su
consumo en el plano cultural mediante la reducción de
los años escolares que reclama Lemaître a fin de
lanzarla más deprisa a la producción, aunque esto pueda
interesar a la industria. La lucha de Marx en este campo
seguirá siendo siempre de un valor apasionante, y
nuestro fin es confirmar el derecho, no sólo de la
juventud, sino de todo individuo, a realizarse según sus
libres deseos en la creación y el consumo autónomos.
Los focos de tal desarrollo podrían ser la UNESCO cuando
la I.S. obtenga su mando, un nuevo tipo de universidades
populares despreocupadas por el consumo pasivo de la
vieja cultura, y en fin, centros utópicos que hay que
edificar y que, con respecto a la gestión actual del
espacio social del ocio, tendrán que liberarse
totalmente de la vida cotidiana dominante y funcionar a
la vez como cabezas de puente para una invasión de esta
vida cotidiana, en lugar de pretender separarse de ella.
Considerada como obra literaria, como
farsa a lo Rabelais, la teoría económica de Lemaître,
que toma la revuelta de la juventud como caricatura del
pensamiento revolucionario y socialista del siglo veinte,
habría sido un libro excelente. Pero en cuanto Lemaître
demuestra que la toma en serio es un demagogo. Uno de los
trucos clásicos de los demagogos consiste en amotinar a
la gente contra peligros que todos conocen, y que los
excitan, pero que se han vuelto inofensivos. Desde la
guerra, está de moda gritar contra el fascismo a tontas
y a locas mientras se preparan los nuevos
condicionamientos socioculturales y los nuevos peligros
ideológicos parecen inofensivos: sobre todo el
rearme moral mediante todas las variantes del
fanatismo neorreligioso. Lejos de "desconocer el
poder de su método", como dice Lemaître, lo
reconozco, lo denuncio, le declaro la guerra.
Prefiero el método contrario. Y la
única consideración que puedo conceder a Lemaître, a
su lacayo y a los que podrían adherirse a su sistema de
pensamiento o más probablemente retomarlo y utilizarlo
sin ellos, es citar las frases a las que me opongo
absolutamente. Se puede leer en este nº 13 de Poésie
Nouvelle:
"Mi escala de méritos basada en
las obras o las acciones que mejoran la condición humana
coloca en un rango inferior las prácticas corrientes provisionales.
Creo que en el plano cotidiano el 'no ser' formulado por
algunos filósofos existencialistas es verdadero: no
somos más que una masa de desperdicios que tienen
unas posibilidades adquiridas y limitadas. Pero lo que
distingue mi sistema es que, para mí, la única
libertad, que es mínima, reside en el minúsculo invento
o descubrimiento de algún ser raro al que se llama
'innovador', al que los demás seres humanos sólo pueden
seguir en el campo de su revelación, como han seguido
hasta ahora al 'menos bueno', al inferior." (pág.
116)
"He creído siempre, de nuevo, con
razón o sin ella, poder utilizar a veces las energías
de mis semejantes mejor que ellos mismos." (pág.
44)
"Deberían confiar en mí y
seguirme, en lugar de permanecer para siempre a la
zaga." (pág. 29)
"Los religiosos judíos pueden
pretender que nadie ha ido más lejos que ellos ya que el
Mesías no ha llegado. Los cristianos tienen razón al
afirmar que no han sido superados como clase ya que sus
semejantes no han sido salvados de la miseria y no ha
asistido a la resurrección de los muertos... En este
nivel general doy la razón a estas agrupaciones que
defienden algunos valores esenciales y que espero superar
honestamente ofreciéndoles lo que buscan: el Mesías, la
salvación humana, la resurrección de los muertos, la
Gnosis." (pág. 28)
"Los situacionistas, como
sub-trogloditas que son, ya no quieren conservar nada...
rechazan no sólo el futuro de las disciplinas
culturales, sino también el pasado y el presente en
nombre de una charlatanería pseudo-utópica
invertebrada, infantil y atrasada... finalmente, la
investigación de las disciplinas del conocimiento
rechazará y castigará a nuestros reaccionarios
ignorantes, como ha rechazado y castigado a otros en el
pasado." (pág. 63)
Creo que estos extractos
del Mein Kampf de Lemaître bastan para aclarar
su inclinación principal hacia el arte degenerado.
En cuanto a las amenazas, los que se aventuran a hacer
uso de ellas no son siempre los que disponen de la mayor
capacidad de sanción. Y no estamos, en modo alguno,
desanimados ante esa vida "provisional" que hay
que construir porque un tal Lemaître nos confiese (pág.
123) que "le horroriza su persona". ¡Es su
problema"! Dice también que prefiere Malraux a los
situacionistas (¿pero llegará a ser pagado con la
misma moneda?). En todo caso, le dejo a Malraux. Y
de nada.
2
"Estoy muy triste, a
pesar de todos mis esfuerzos M. Mesens no quiere
publicar PIN. Cuando le he dicho que no queríamos
dinero, se ha reído incluso y ha dicho que, si lo
publicaba, tendríamos que dárselo a él, pero que
no tenía intención de hacerlo. Lo ha leído
atentamente pero no le ha gustado. Dice que habría
sido más actual hace veinticinco años, pero que
ahora no encontraríamos mucha comprensión...
Aún hay algo
más: hay imitadores, por ejemplo los letristas en
París, que copian el Ursonate de Hausmann y mío y
ni siquiera nos mencionan, a nosotros que lo
habíamos hecho veinte años antes que ellos y con
mejores motivos."
-
Kurt Schwitters. Carta del 29-3-47, citada en Correo
Dadá.
¿Qué armas piensa utilizar Lemaître?
Aquí cae en la teoría psiquiátrica de un pequeño
suizo llamado Karl Jaspers que, desde su perspectiva,
alcanza una "grandeza" igual a la de Moisés y
Platón (pág. 66 y 80). Este Jaspers se ha hecho enorme
porque se halla más cerca de él en el tiempo y en sus
ideas. La enormidad de Jaspers, que tiene el mérito de
estar considerado como uno de los imbéciles más famosos
de nuestro siglo, es haber postulado, con la autoridad de
la psiquiatría no científica, que todo individuo que no
es un imbécil como él es un enfermo mental, y por tanto
un peligro público que la sociedad debe encerrar y
cuidar. Lemaître ha amplificado esta idea hasta darle
una dimensión mundial: todo el mundo estaría enfermo.
Sería necesaria y estaría completamente justificada una
terapéutica integral, y el terapeuta sería él
(cita: "...el único que ha propuesto una
terapéutica integral, capaz de curar la enfermedad
permanente de la juventud y de la historia del
mundo", pág. 55).
Pero, ¿cuál es esta enfermedad
permanente de la historia del mundo? Es su juventud y
nada más. En la fase de juventud, todo individuo o grupo
posee una voluntad fantástica en relación con unas
capacidades mínimas y un conocimiento nulo. La edad
adulta posee una potencia real más fuerte que su
voluntad, que se ha sometido a la rutina de sus acciones.
La fatiga del envejecimiento se compensa con la
experiencia, el conocimiento que domina la potencia y la
voluntad. Proponiendo la Gnosis para la salvación de la
juventud, Lemaître propone tan sólo un método rápido
de envejecimiento, igual que propone a la juventud que
comprometa, tan rápido como sea posible, su voluntad a
la voluntad de poder social, prisionera del marco
existente.
Lemaître reprocha concretamente a los
situacionistas no seguir las reglas de su juego:
"Tantas fórmulas míticas y mistificadoras, que
impiden su clasificación y su integración en el campo
del Saber, impidiendo el establecimiento de las
relaciones históricas necesarias entre
superado-superador y superador-superado. En efecto.
Firmemente seguro de su sucesión lineal, de su pequeña
jerarquía, etc., ciego con respecto a todo lo demás,
Lemaître grita que los situacionistas no le han superado
y que hay que colocarlos mucho menos alto que a él. ¿Y?
Mi amigo el poeta danés Jens August Schade me decía un
día: "Se puede caer tan bajo que la caída se
convierte en una ascensión". No hay nada de
mistificante en nuestro comportamiento. No he tenido
nunca la intención de superaros, Lemaître y Compañía.
Nos hemos cruzado: eso es todo. Y vamos a alejarnos ahora
por el mismo movimiento que nos ha aproximado, sin que
este encuentro haya tenido la menor importancia.
El ejemplo leninista de los trogloditas
está igualmente muy mal escogido. El conflicto de Lenin
con los futuristas rusos sólo es un ejemplo de una
crisis general y una desviación de la revolución a los
que Lenin contribuyó con su ataque, demasiado apresurado
y superficial, contra el izquierdismo, considerado como
"enfermedad infantil" y no como enfermedad de
la infancia, de la esperanza. Por otra parte soy bastante
viejo para acordarme de la época en que el propio Lenin
era considerado troglodita por todo el mundo. Un día
seré probablemente utilizado, cuando esté muerto, como
antitroglodita contra alguien.
Lemaître se obsesiona con la idea de
que el tiempo podría abolir las referencias culturales
pasadas de moda que ha encontrado, o ha hecho revelar a
través de su escriba especializado, en las bibliotecas
públicas. Pero cada cual sabe que, como realidad
viviente, la cultura es lo que queda cuando se ha
olvidado todo lo que se ha aprendido. Nada es peor que la
estupidez combinada con una memoria a toda prueba. Sin
querer entrar a discutir la poca calidad, las lagunas y
el bluff del enciclopedismo divulgativo del grupo de
peritos de Lemaître.
Lemaître parece desdeñar el valor
experimental que hemos reconocido al movimiento letrista,
hacia 1950, en dos o tres sectores de la cultura. Dice
que el aspecto experimental existió, pero que fue
despreciable en comparación con su valor esencial: el
sistema de creación. Así, escupe imprudentemente en su
único asiento, porque consideramos, y la historia nos
dará la razón, a todo lo que llama su
"creación" como algo absolutamente nulo e
inexistente. Como Lemaître cree que su sueño solipsista
de creación debe ser reconocido por todo el mundo como
el único valor histórico, se sorprende de que, por
ejemplo, no concedamos importancia a la poesía letrista.
Pero es que esta poesía sólo tiene importancia como
creación artística según la arbitraria e
intransmisible sistematización "creática" de
Lemaître. Aunque el conjunto del movimiento letrista
haya tenido por algún tiempo la función de una
verdadera vanguardia en determinada época, la poesía
onomatopéyica que fue su principal manifestación no
tenía nada de experimental veinte años después de Kurt
Schwitters.
El caso letrista por
otra parte no tiene nada de único salvo en París. Sin
embargo, Lemaître se halla tan limitado geográficamente
que compara sin reírse la influencia de la I.S. con la
de grupúsculos que se han manifestado seis meses en la
Rive Gauche de los que ha sido casi el único en saber
qué ha sido; y lo hace por los artículos a primera
plana que pueden dedicarles los periódicos cuando son
hábilmente requeridos o por el hecho de "que llenan
París de carteles con su nombre". (pág. 41) Este
Lemaître, dispuesto a todas las concesiones para dar a
conocer sus descubrimientos que, como se ha visto, tienen
en oferta todos los mistificadores de la plaza,
cristianos y demás, pretende que es hora de que se le
comprenda, y no se pregunta las razones de esa
incomprensión total, de ese rechazo generalizado hacia
sus maravillosas creaciones. El letrismo surgió hace
quince años, y no escogía enemigos en la sociedad,
quería convertir a todo el mundo. Ha presentado sin
descanso la demostración (subcartesiana) de sus dogmas a
lo largo de una veintena de libros. Sin embargo sigue
siendo muy poco conocido. Y Lemaître no quiere reconocer
que el surrealismo o el simbolismo, por retomar sus
ejemplos, se habían impuesto ampliamente en la cultura
quince años después de au aparición, aunque estos
movimientos aparecieron en épocas mucho menos ávidas
que la nuestra de novedades en todos los campos, y aunque
eran combatidos por ideologías culturales mucho menos
descompuestas que las actuales en nombre de la
conservación de un orden pasado. Así el paralelo
alemán de esa anécdota del "pensamiento
letrista", sistemático, paradialéctico y
mortalmente aburrido, se llama Max Bense. Son igualmente
típicos de la época. ¿Qué queréis? Son de una gran
utilidad como clarificadores de valores. En términos de
cultura americanizada, son los gadgets de las Artes
Domésticas del espíritu.
3
"Hace falta muy poco
tiempo para crear un material que falta, y mucho más
para formar personal. Y si se ha cometido un error en
la producción de material, se repara si es preciso
destruyendo la máquina inútil y pasándola a
pérdidas y ganancias. Un hombre, una vez formado, no
se destruye; está dispuesto durante cuarenta años a
ejercer la actividad que sabe hacer..." -
Alfred Sauvy, De Malthus a Mao-Tsé-tung
La perspectiva china no es la cultura
china. Pero es una óptica válida e importante. La
humanidad viviente, real, cubre en todo momento
aproximadamente dos siglos, teniendo el más viejo
alrededor de cien años y estando destinados algunos de
los recién nacidos a vivir el mismo tiempo en el futuro.
Hay una tensión perpetua entre estos dos extremos
temporales de la humanidad. El ciclo de esta rueda de la
vida, ese retorno perpetuo, es la revolución permanente
sobre la que se han hecho mil reflexiones desde los
sumerios, los budistas, Platón, Schopenhauer, Nietzsche,
y puede continuarse. El resultado de esta vía de
pensamiento basado en la idea de un giro orientado del
desarrollo de la historia desde un comienzo único hasta
un fin definitivo e irreversible, es el zoroastrismo. Que
ha transmitido esta óptica dualista y esta orientación
unilateral al judaísmo, al cristianismo y al Islam, al
tiempo que ha pasado al mitraísmo, al maniqueísmo y al
gnosticismo. Es evidente, de acuerdo con las confesiones
gnósticas de Lemaître, incapaz de comprender el
dinamismo dialéctico del budismo, que seguirá el
dualismo, y que su llamada a la juventud no es más que
una simple corrupción de menores clásica y
tradicionalmente occidental. Por tanto, lamento haber
creído detectar la posibilidad de un sistema inédito y
relativamente creativo en el sentido de que la
aplicación de la perspectiva china a la dimensión
temporal en Occidente habría dado resultados bastante
imprevisibles. Esto hace el sistema de Lemaître más
simple aún. No es más que un nuevo Sorel. Había
buscado más lejos. El hecho de tomar a Lenin, a menudo,
como testigo de sus argumentos, así como el de conceder
el origen de estas perspectivas a Fichte, en lugar de
confesar que su inventor es Sorel, al que por otra parte
reconocía que haber leído, indican que Lemaître ha
bebido más en esa fuente de lo que está dispuesto a
reconocer en público. La perspectiva china de Lemaître
se empobrece hasta la ideología soreliana, cuya
posteridad conoce todo el mundo.
La astucia de Sorel era haber estudiado
la fórmula del ascendente psicológico del cristianismo
y haber traducido la creencia en el cero del futuro (el
fin del mundo y la puerta al paraíso desconocido) a un
sistema puramente técnico. Se cree entonces capaz de
reemplazar el fin del mundo cristiano por cualquier cosa:
la huelga general, la revolución socialista o, lo que es
más moderno, el hombre que se apoya en el botón de los
misiles atómicos. Se asegura igualmente el castigo de
todos los que no marchen hacia esa perspectiva,
utilizando la fórmula clave de todos los acontecimientos
históricos de nuestro siglo: la acusación de traición
(¿a qué? al sistema). Cuando me opuse (en La Roue
de la Fortune) a las exigencias mitológicas de
Benjamin Péret, tan estimado por Lemaître, era porque
para mí todo arte es una multitud infinita de creaciones
míticas, y porque opongo la creatividad libre al retorno
a la creencia en un mito único o un sistema impuesto de
mitos. Opongo la idea de los paraísos múltiples a la
que quiere Lemaître: el paraíso único, carroña
ideológica exhumada de nuevo. No creo que la actitud de
Péret a este respecto haya podido aproximarse alguna vez
a una estupidez como la de Lemaître, pero entonces ví
venir el peligro, y ahora Péret no puede protestar
cuando Lemaître, que lo insultaba estúpidamente en 1962
por "falta de creación", se apoya en él.
En todo caso, nadie puede hacer mayor
cumplido al movimiento situacionista que esta
confirmación de Lemaître: "No he conocido a nadie
que crea en el 'grupo situacionista'". Como han
escrito ya muchas veces, los propios situacionistas no
son situacionistas. Hablar de un conjunto que no existe
es atraerse la acusación de haberlo inventado. Pero
nuestro único fin es precisamente inventarlo. Hemos
inventado todo hasta el momento, y nos queda aún casi
todo por inventar: nuestro terreno es tan rico que casi
no existe aún.
Lo que vamos a inventar es la actividad
situacionista. Y también su definición. Lemaître, que
tiene la torpeza de deslizar en su panfleto un elevado
número de proposiciones, de anticipaciones y llamadas
totalmente vanas, pretende: "Los situacionistas y mi
grupo quizá podamos llegar a entendernos espiritualmente
en el terreno de la 'situación', siempre que mis
censores se adhieran a mi concepción ética del Creador
de elementos, superior al constructor de los momentos de
la vida, y a la visión de situaciones culturales
integrales y no simplemente lúdicas, resultado de la
Creática". He mostrado ya que tenemos fines
exactamente opuestos a los suyos. Hay que rechazar todas
las opciones de Lemaître.
En una nota (pág. 80) en la que nos
muestra la importancia de Einstein, Lemaître tiene la
audacia de añadir que "el tiempo es una noción
extrínseca a la situación". Nosotros, sin embargo,
en la medida en que avanzamos en el estudio de los datos
situacionistas, encontramos que la cuestión que se
plantea es la de inventar, más allá de los
conocimientos topológicos actuales, una situlogía, una
situgrafía, y quizá incluso una situmetría.
Lemaître se maravilla de que haya una
cultura escandinava distinta del Occidente clásico. La
cultura escandinava es ante todo la cultura del olvido,
la cultura olvidada y sin historia, ininterrumpida desde
la Edad de Piedra, más vieja incluso y más inmóvil que
la cultura china. ¿Qué puedo citar de mis ancestros,
con una herencia tan abrumadora de olvido?
Soy un hombre sin ningún mérito. Pero
al mismo tiempo soy bastante maligno. Los periodistas y
otros pelmazos profesionales al servicio del orden
existente nos llaman "generación abatida" y se
extrañan de que sus golpes, su desprecio, su rechazo
absoluto a darnos ocasión de comer, aunque sea tan mal
como un obrero no cualificado en paro, hayan podido
endurecernos hasta el punto de que nos neguemos a besar a
los manporreros cuando empiezan a encontrarnos
interesantes. Recuerdo la época del movimiento Cobra,
cuando C. O. Götz constataba que nuestros camaradas
alemanes tenían que vivir con la décima parte de lo que
costaba un preso cualquiera de la República Federal.
Conozco las condiciones indignas en las que el movimiento
letrista debió realizar los notables trabajos de su
época creativa. Y sigue siendo así. Un artista alemán,
del que su país no dejará de obtener la mayor gloria,
hace dos años no tenía otro domicilio que los vagones
vacíos de la estación de Munich. Y yo, cuando descubrí
estructuras sistemáticas en la tendencia situacionista,
comprendí que había allí un método que, explotado en
secreto por nosotros, podría darnos un gran poder social
directo y la posibilidad de vengar muchos insultos. No
dudé en explicar esta perspectiva a Guy Debord, que se
negó rotundamente a tomarla en consideración, lo que me
obligó a hacer públicas mis observaciones. Me dijo
entonces que había que dejar tales métodos a gente como
Pauwels y Bergier y a las ancianas místicas a las que
arrebatan los pequeños conocimientos ocultos. Todo este
mundo sueña con revender los ecos, como hacía Gurdjieff
a los discípulos afortunados. Sé, después de
reflexionar, que habría llegado exactamente a la misma
actitud, como está en la lógica de todo mi
comportamiento hasta la actualidad y en la razón de
nuestra colaboración con la I.S.
Luego "puede concebirse mi duda
ante la idea de entregar a la prensa incoherente el
secreto de los secretos, la creación de las
creaciones", escribe Lemaître (pág. 7), que
defiende tanto más su derecho al secreto por cuanto se
trata del secreto de la organización de su nulidad
"creática". Se justifica con el ejemplo de los
secretos atómicos y demás. En realidad, el secreto
de los métodos transforma el arte en artesanía, en
técnicas exclusivas de reproducción de normas que
vienen de más lejos. Lemaître es un partidario
consciente de esa supervivencia de la cofradía
artesanal. Se accede a ella haciendo reconocer una obra
maestra memorable. Lemaître ha mantenido así una
debilidad por la primer película de Debord únicamente
porque no la ha comprendido. La coloca fríamente en
"la lista de las diez mejores obras de la historia
del cine". Es él quien subraya (p. 25).
Lemaître me reprocha también haber
declarado que estaba acabado. Afirma que está vivo. Es
verdad, y yo no dije que estuviese muerto. Dije que (su
sistema) estaba en coma. Lo que durará
probablemente tanto como él. La apropiación paciente de
secretos de maestría, sobre todo cuando se trata de una
maestría arbitrariamente decretada por un individuo,
garantiza evidentemente que se es capaz de producir
dentro de esas normas una mercancía muy partícular.
Pero de ningún modo el deseo de que alguien, sea quien
sea, venga jamás a valorar esta producción.
Pienso, como Lemaître,
que el hombre "que suscitó y definió el
abstracto" es Vassili Kandinsky (pág. 111). Pero no
pienso como él que fuera un "iniciador
artístico", ni que yo sea un pintor abstracto. He
hecho siempre sólo pintura anti-abstracta siguiendo una
corriente que es primero la de Hans Arp y Max Ernst, y
luego la de Mondrian y Marcel Duchamp. Kandinsky, en Von
Punkt über Linie zur Fleche, había alineado el
arte moderno en la perspectiva de la geometría
euclidiana, mientras los innovadores mencionados
avanzaban hacia una geometría inversa, yendo del cosmos
polidimensional a la superficie y de la línea al punto.
La técnica del dripping painting revela lo
absurdo de la actitud de Kandinsky. Si se trabaja muy
cerca del lienzo, la aplicación de colores forma
superficies, manchas, pero si se pone una distancia entre
el lienzo y la fuente de flujo, el color forma líneas. Y
si se aumenta más, el color se divide en gotitas que no
forman más que puntos. Exactamente como los elementos en
la perspectiva. Comienzan como masas y desaparecen en el
horizonte como puntos. Kandinsky empieza en el horizonte,
en el abstracto, ¿para llegar a dónde? Yo he comenzado
en el presente inmediato ¿para llegar a dónde?-
4
"Los pensamientos y
observaciones son totalmente nuevos; las citas no han
sido hechas aún; el tema es de una importancia extrema,
y está tratado con un orden y claridad infinitos. Me ha
costado mucho tiempo, os ruego que lo aceptéis y lo
consideréis como el mayor esfuerzo de mi genio". -
Jonathan Swift, Ensayo irrefutable sobre las
facultades del alma
Si, como afirma Lemaître, el tiempo
fuese una noción extrínseca a la situación, la
situlogía como estudio de lo único, de la forma, sería
idéntica a la morfología. Pero se puede decir
justamente que la situlogía es una morfología del
tiempo, puesto que todos están de acuerdo en definir la
topología como el estudio de la continuidad,
que es la no división en la extensión (espacio) y la no
interrupción en la duración. El lado morfológico de la
situlogía está incluido en esta definición: lo que
concierne a las propiedades intrínsecas de las figuras
sin relación con su entorno.
La exclusión de las suspensiones e
interrupciones, la constancia de la intensidad y el
sentido único de propagación del proceso que definen
una situación excluyen también la división en varios
tiempos que Lemaître pretende que es posible. Pero la
confusión de ideas de un iletrado como Lemaître es
mucho más perdonable que la que reina entre los
topólogos profesionales, y que nos obliga a alejarnos
del campo puramente topológico para inventar una
situlogía más elemental. Esa confusión se introduce
precisamente con la fórmula de la orientabilidad que, en
realidad, no es más que la adaptación a la dimensión
temporal. E. M. Patterson explica que "la idea de
orientabilidad deriva de la idea física de que una
superficie puede tener uno o dos lados. Supongamos que
alrededor de cada punto de una superficie -con excepción
de los puntos del borde (boundary), si los hay- se dibuja
una pequeña curva cerrada en un sentido definido, bien
en el sentido de rotación de las agujas del reloj o bien
en sentido contrario, ligada a cada punto. En ese momento
la superficie se dice que es orientable si se puede
escoger el sentido de las curvas, de manera que éste sea
el mismo para todos los puntos próximos entre sí. Si
no, todas las superficies de un solo lado son
no-orientables".
Esta mezcla de geometría y de física
es totalmente ilegítima. Es fácil probar que una esfera
no posee más que una superficie, igual que un anillo,
que el cono posee dos superficies, el cilindro tres,
etc., pero lógicamente una superficie no puede tener
más que un lado.
En todo caso, una superficie con dos
lados no es topológica, porque hay una ruptura de la
continuidad. Pero la razón por la que se sigue la falsa
pista de la doble superficie de dos lados es evidente:
porque ello permite unir la topología a la tendencia
general de la geometría: la búsqueda de igualdades
o equivalencias. Se explica que dos figuras son
topológicamente equivalentes u homeomorfas si cada una
de ellas puede transformarse en la otra mediante una
deformación continua. Lo que quiere decir únicamente
que no hay más que una figura en transformación: la situlogía
es la morfología transformativa de lo
único.
El mayor error que se introduce al
adaptar la perspectiva clásica de la geometría a la
topología es la consiguiente adaptación a las
distinciones clásicas de la geometría, según el
número de coordenadas en topología lineal, topología
de superficies y topología de volúmenes. Lo que es
imposible y ridículo, si se quiere aprehender lo
elemental de la situlogía, porque precisamente en la
topología hay equivalencia entre punto, línea,
superficie y volumen, mientras que en la geometría se da
una distinción absoluta. Esta confusión se refleja
claramente en las reflexiones sobre la banda de Moebus,
que se dice que posee dos superficies sin
homeomorfía", o que representa "dos
superficies de un sólo lado", sin anterior ni
posterior, sin exterior ni interior. Este fenómeno puede
llevarnos a pensar que la banda de Moebus no posee más
que una dimensión, lo que es totalmente absurdo, porque
no podría hacerse una banda de Moebus con una cuerda y
menos aún con una línea. Lo que es más interesante en
la banda de Moebus es, concretamente, la relación entre
las dos líneas de bordes paralelos.
Es posible estudiar equivalencias
geométricas, congruencias y similitudes en una banda de
Moebus si nos damos cuenta de un hecho preciso: la
longitud de una banda de Moebus puede ser infinita con
respecto a su anchura, pero no puede ser menor que
determinada proporción en relación con ella. Son los
matemáticos quienes tienen que construir y calcular la
longitud de esta banda de Moebus de límites mínimos.
Una vez que esté construida se descubrirá que estamos
ante un objeto en el que la línea que marca la anchura
de la banda en un punto tomado al azar forma un ángulo
recto perfecto con la misma línea dibujada en la parte
opuesta de la banda, a pesar de que las dos líneas son
paralelas, si la banda está unida en forma de cilindro.
La misma línea que representa en un punto la horizontal
representa en otro la vertical. Si la banda no está
aplanada, hay por tanto tres dimensiones espaciales sin
que haya espacio. He ahí lo extraño de la banda de
Moebus. Dos bandas de este tipo pueden ponerse en
semejanza, y si tienen la misma longitud de banda, en
congruencia.
Parece que nadie ha señalado hasta
ahora el extraño comportamiento de todas las figuras y
formas topológicas con respecto al sistema de
coordinación espacial (verticalidad, horizontalidad,
profundidad) en el que actúan haciéndolas nacer,
desaparecer, transformarse una en otra. Para la
geometría euclidiana, el sistema de coordenadas es la
base. Para la situlogía no, porque crea y deshace las
coordenadas a voluntad. Así la geometría euclidiana ha
debido dejar de lado todas las consideraciones
situlógicas para tomar como punto de referencia el
sistema rectangular de coordenadas que sigue el esquema
de la ley del mínimo esfuerzo. René Huygues muestra en
su obra L'Art et l'Homme que con el desarrollo
de la industria de los metales, después de la época
agraria del neolítico, se produjo la división entre dos
estilos, el de Hallstadt y el de la Tene, que no
significa otra cosa que la división entre pensamiento
geométrico y situlógico. El pensamiento geométrico se
implantó en Grecia a través de los dorios, dando
nacimiento al pensamiento racionalista. La tendencia
contraria acabó en Irlanda y Escandinavia.
Walter Leitzmann señala en su libro Anschauliche
Topologie: "En el arte, en la época vikinga
por ejemplo, se empleaba el entrelazado como ornamento.
Tengo ante mí una foto del jardín de los nudos de
Shakespeare en Stratford-on-Avon, que presenta pequeñas
combinaciones de flores en forma de nudos... ¿Qué es lo
que Shakespeare tiene que ver con los nudos? No soy capaz
de decirlo. Puede que se trate de un error, o más bien
de una confusión deseada con el tema del laberinto. En
él aparece dos veces: en El sueño de una noche de
verano (II, 1), y en La Tempestad (III, 3).
No hay error posible. James Joyce, al
pronunciar en Finnegan's Wake la frase absurda
"No sturm, no drang", había superado el viejo
conflicto entre clasicismo y romanticismo y había
abierto una pista hacia la reconciliación entre la
pasión y la lógica. Lo que falta ahora es un
pensamiento, una filosofía y un arte que se conformen a
lo que se proyecta en la topología, pero esto no es
realizable más que a condición de reconducir esta rama
de la ciencia a su vía original: la del "análisis
situ" o situlogía. Hans Findeisen, en su Schamanentum,
indica que el chamanismo, que sobrevive aún entre los
lapones, halla sus orígenes en el espíritu de los
pintores de las cavernas de la era interglaciar, y es
bastante significativo que el ornamento que caracteriza
la presencia lapona sea el entrelazado simple. El
conocimiento de los secretos topológicos se ha indicado
siempre por la presencia de signos de nudos, de cuerdas,
de entrelazados, de laberintos, etc. Y los tejedores
desde la antigüedad han transmitido de una forma curiosa
una enseñanza revolucionaria de formas más o menos
extravagantes, mistificadoras y desviadas. Historia
bastante conocida por haber sido estudiada seriamente. Se
destaca la perversión allí dentro, y no la subversión.
La relación que los escritos de Max
Brod establecen entre Kafka y el astrónomo danés Tycho
Brahé es tan profunda como la relación entre
Shakespeare y Hamlet: y su presencia en Praga, que
irradia desde la época de La Tene el pensamiento
topológico y llega a superar incluso el barroco en
sentido topológico, es tan natural como asombrosos los
resultados que Kepler pudo extraer de los cálculos de
Tycho Brahé adaptándolos al método de la geometría y
las matemáticas clásicas, lo que era imposible para el
propio Tycho Brahé. Esto muestra una vez más que la
topología sigue siendo la fuente de la geometría, y que
el proceso contrario es imposible. Indica también la
imposibilidad de explicar la filosofía de Kierkegaard
como una sucesión de la filosofía de Hegel. La
influencia del pensamiento escandinavo en la cultura
europea es incoherente y sin una continuidad permanente,
como el propio pensamiento del absurdo. De forma que no
nos podemos extrañar de que sea siempre un misterio; eso
hace que exista una tradición filosófica escandinava
totalmente distinta del pragmatismo inglés, del
idealismo alemán y del racionalismo francés, que
estructura la tendencia de Ole Roemer, H. C. Oersted,
Carl von Linne y el resto. Ignorada la lógica de base de
esta incoherencia profunda y oculta por los propios
escandinavos, lo es más aún por los demás. Siento el
mayor desprecio por todas las ideas sobre las ventajas
del saber. Me parece sin embargo que la ignorancia acerca
de esto puede representar un peligro en la situación
europea actual. Así, considero que el hecho de haber
sido ingenieros de minas es más importante para
Swedenborg y Novalis que los aventurados postulados de
Jaspers, que se permite endosarles un diagnóstico de
locura esquizofrénica a ambos. No porque este hecho
pueda establecerse de forma científica, sino porque es
un oficio basado en el pensamiento topológico, como el
de los tejedores, y esto puede llevarnos a observaciones
preciosas para el establecimiento de una situlogía.
Pero todo esto no se presenta más que
como una técnica posible, subordinada al trabajo de la
I.S., cuyos enemigos y aliados se ven fácilmente. Cuando
Bergier y Pawels proponen en su libro El retorno de
los brujos organizar un instituto de investigación
de técnicas ocultas para cuya fundación piden ayuda, y
la formación de una sociedad secreta dominante reservada
a quienes están hoy en condiciones de manipular los
diversos condicionamientos de sus contemporáneos, los
situacionistas rechazan esta posición con la mayor
hostilidad. No podríamos, en ningún caso, colaborar con
semejante empresa, y no tenemos ningún deseo de ayudar a
financiarla.
"La igualdad es con toda evidencia
la base de la geometría métrica" como dice Gaston
Bachelard en El nuevo espíritu científico. Nos
enseña: "Cuando Poincaré demostró la equivalencia
lógica de las diversas geometrías, afirmó que la
geometría de Euclides seguiría siendo la más cómoda,
y que en caso de conflicto con la experiencia física, se
preferiría siempre modificar la teoría física que
cambiar la geometría elemental. Gauss había pretendido
experimentar astronómicamente un teorema de geometría
no-euclidiana: se preguntaba si un triángulo marcado en
las estrellas, y por consiguiente de una enorme
superficie, manifestaría la disminución de superficie
indicada por la geometría lobatchewskiana. Poincaré no
admitía el carácter crucial de semejante
experiencia."
El punto de partida de una situgrafía,
o de una geometría plástica, debe ser el análisis
situ desarrollado por Poincaré, llevado a cabo en
sentido igualitario con el nombre de topología. Pero
todo discurso sobre las igualdades está evidentemente
excluido si no hay al menos dos elementos que igualar.
Así la equivalencia no nos enseña nada sobre lo único,
ni sobre la polivalencia de lo único, que es en realidad
el campo esencial del análisis situ o topología. Pero,
evidentemente, todo discurso sobre las igualdades está
excluido si no hay al menos dos elementos que igualar.
Así la equivalencia no nos enseña nada sobre lo único,
ni sobre la polivalencia de lo único, que es en realidad
el campo esencial del análisis situ o topología.
Nuestro objetivo es oponer una geometría plástica y
elemental a la geometría igualitaria y euclidiana, y con
la ayuda de las dos ir hacia una geometría de las
variables, la geometría lúdica y diferencial. El primer
contacto situacionista con este problema lo vemos en el
aparato de Galton, que hace aparecer experimentalmente la
curva de Gauss (ver figura en el primer número de Internationale
Situationniste). E incluso aunque mi forma intuitiva
de tratar la geometría es claramente antiortodoxa, creo
haber abierto un camino, de haber tendido un puente sobre
el abismo que separa a Poincaré de Gauss, en cuanto a la
posibilidad de combinar la geometría con la física sin
renunciar a la autonomía ni de la una ni de la otra.
Todos los axiomas son cierres a
posibilidades no deseadas, y contienen por ello una
decisión voluntaria ilógica. Lo ilógico que nos
interesa en la base de la geometría de Euclides se juega
entre los axiomas siguientes: -las cosas que se
superponen son iguales; -el todo el más grande que la
parte.- Este absurdo se percibe, por ejemplo, cuando
comenzamos a aplicar la definición de línea, longitud
sin anchura.
Si se superponen dos líneas iguales
deben resultar, o bien dos líneas paralelas (lo que
demuestra que la igualdad no es absoluta y perfecta, o
que no lo es la superposición), o bien la unión de
ambas líneas en una sola. Pero si esta línea es más
larga que una de ellas, o si ha adquirido anchura, es que
las líneas no eran iguales. Aunque las líneas son
absolutamente iguales, el todo no es más grande que la
parte. Esto es de una lógica indiscutible, pero si es
cierto nos hallamos ante un absurdo puesto que la
geometría métrica está basada precisamente en el
axioma de que el todo es más grande que la parte.
Se cuenta, en la geometría métrica,
con la idea de que dos magnitudes iguales son idénticas.
Pero dos cosas no pueden ser nunca idénticas, porque eso
quiere decir que serían una sola cosa. Si se debe
identificar a un asesino ante un juez, no basta con que
sea un individuo exactamente igual al que ha cometido el
crimen, su hermano gemelo no puede reemplazarlo en esta
circunstancia. Podemos estar seguros de que no hay
iguales, ni repetición, como en la experiencia de los
puentes de Königsberg. En geometría, una identidad de
tamaño y posición excluye toda consideración
cuantitativa. Pero ¿cómo es posible reducir mediante
superposición un número infinito de líneas de igual
magnitud a una sola línea que no es más grande que
ninguna de ellas, cuando es impensable dividir una línea
en dos, ambas iguales a la línea dividida?
Si se desplaza una línea de su
posición al mismo tiempo que se la deja en ella, no se
crean dos líneas, sino una superficie. La
superposición, que demuestra que dos líneas son
iguales, no puede practicarse sin que la dualidad
desaparezca: no puede haber ya igualación. Una sola
línea es igual a nada. Lo que prueba que el idealismo
absoluto de esta fórmula de la ausencia de espesor en la
línea de Euclides no tiene ninguna realidad.
Si se moderniza el procedimiento
empleando la fórmula de la congruencia, o de una
identidad de magnitud y forma, exceptuando la posición
en el espacio, la prueba por superposición ya no es
posible.
Podemos reducir mil puntos a uno sólo
por superposición, y este punto es igual a cualquiera de
ellos. Pero no se puede multiplicar un punto dejándolo
en su lugar y desplazándolo al mismo tiempo. Esto daría
lugar a una línea. Pero, ¿y el volumen? No se pueden
superponer dos volúmenes idénticos más que en la
imaginación. Esto sólo puede hacerse con dos volúmenes
fantasmales, sin volumen real. Este carácter abstracto
es la fuerza y la debilidad de la geometría de Euclides.
La falta de abstracción en la topología es sólo
debilidad.
Mil veces cero da cero, y de cero no se
puede extraer nada. La utilización de la geometría de
Euclides es, en este sentido, unilateral e irreversible:
está orientada. Y todas las geometrías,
excepto la situgrafía, lo están igualmente. La
orientación es un concepto lineal, y una recta orientada
se denomina también semirrecta, porque significa un
recorrido, y el sentido que se ha escogido se llama su
sentido positivo. El punto cero elegido se fija en
cualquier parte de la línea como punto de comienzo. Una
recta orientada no es por tanto una línea en sí, sino
la combinación de una línea y un punto. Un plano
orientado es un plano en el que se ha escogido un sentido
de rotación llamado directo, y está también ligado a
un punto, el centro de rotación, que podría permitir el
establecimiento de un eje de rotación en ángulo recto
con el plano de rotación.
El espacio está orientado cuando a
cada eje del espacio se asocia un sentido de rotación,
llamado sentido directo del espacio. Esta disposición
permite todo lo que se llama medida. Pero ¿en qué
consiste la medida? Es lo más curioso de este asunto.
Todas las medidas de unidades iguales, ya sea de
longitud, de anchura, altura, masa, tiempo o cualquier
otra unidad derivada de estas nociones de base, consisten
en la indicación de su extensión sobre una semilínea,
una semidimensión espacial dividida en intervalos
iguales y orientada del punto cero hacia el infinito.
Esta semilínea no parece tener por qué ser recta, sino
que puede inscribirse en la circunferencia de un
círculo. Si la extensión supera varias circulaciones,
éstas se convierten en los intervalos de una extensión,
línea o círculo más grandes. He aquí el principio al
que se reduce toda medida posible a fin de cuentas.
Ninguna medida puede explicarse, cualquiera que sea, sin
un desarrollo sobre una semilínea.
La propia geometría euclidiana y
analítica se desarrolla, en su discurso clásico, según
la orientación de una semilínea. Se comienza con el
punto sin dimensión espacial, se le hace avanzar, y eso
traza una línea. Se hace avanzar la línea en dirección
perpendicular a su extensión y se obtiene una
superficie, con la que se procede de la misma forma para
crear un volumen. Pero este movimiento orientado que de
un punto hace una línea, una superficie y un volumen, no
es abarcado en sí mismo por las consideraciones
geométricas en sus relaciones con las dimensiones
espaciales. Lo ilógico es lo evidente. El acto de
superposición también es imposible sin el movimiento,
pero a partir del momento en que se cuestionan todos los
movimientos necesarios para establecer la geometría
clásica, no se puede hablar de fenómenos puramente
espaciales, y sin embargo están ahí desde el principio.
Nos podemos preguntar si el tiempo sólo posee una
dimensión, y si en el futuro no estaremos obligados a
aplicar al tiempo al menos tres dimensiones para poder
llegar a explicaciones más homogéneas de lo que pasa.
Está por ver. Pero una cosa es cierta: el tiempo puede
reducirse a una semidimensión o a una longitud
orientada, aportando un instrumento de medida. Otra
cuestión es, pues, saber si lo que llamamos
"tiempo" en su definición científica, como
medida de la duración, y que es la forma bajo la que el
tiempo entra en la teoría de la relatividad, no es
exactamente el fundamento de la noción de orientación,
o de la semilínea.
La geometría orientada puede, debido a
su orientación, ignorar las nociones del tiempo
inherentes a su sistema. Pero para tomar conciencia del
papel del tiempo y de su función real en relación con
las tres dimensiones espaciales estamos obligados a
abandonar el camino de la orientación en semilínea y a
fundar una homeomorfía unitaria.
Cuando queremos emplear la expresión dimensión
nos hallamos inmediatamente ante el problema de su
interpretación y definición exactas. Una dimensión
puede definirse de una forma lógica como una extensión
sin comienzo ni fin, sin sentido ni orientación, un
infinito, pero no ocurre lo mismo con el infinito
en la dimensión temporal. Es la eternidad. La extensión
de una de las tres dimensiones espaciales representa una
superficie, una extensión sin comienzo ni fin. Si el
sistema de medida lineal no puede medir más que la
semilínea, el sistema de medida de dos coordenadas en
ángulo recto sólo puede dar la medida espacial para
figuras inscritas en un cuarto de la superficie, y las
informaciones de medida tridimensional son aún más
pobres puesto que están inscritas en la octava parte de
una esfera, a partir del ángulo de medida de 90º de las
tres coordenadas orientadas en la misma dirección. Para
evitar esta reproducción perpetua de conocimientos,
procederemos en sentido inverso.
Identificar, para el testigo del
crimen, es definir al sospechoso como el único posible.
Pero la homeomorfía nos plantea problemas diferentes,
que de una manera simple pueden imaginarse así: ahora ya
no es al asesino al que se trata de identificar, sino a
la pobre víctima que el muy bestia ha atropellado
voluntariamente varias veces con su coche. Tiene un
aspecto que difiere de forma trágica del buen hombre que
se ha conocido cuando estaba vivo. Aún está allí, pero
brutalmente desplazado. No es ya el mismo y sin embargo
es él. Incluso en descomposición se le puede
identificar. No hay duda. Éste es el campo de las
experiencias homeomorfas, la variabilidad de una unidad.
Aquí el campo de la experiencia
situlógica se divide en dos tendencias opuestas, la
tendencia lúdica y la analítica. La del arte, del spinn
y del juego, y la de la ciencia y su técnica. La
creación de variabilidades en una unidad, y la búsqueda
de la unidad entre las variables. Se ve que nuestro
asesino ha escogido la primera vía, y que los
identificadores deben recorrer la segunda, que limita el
campo del análisis situ o topología. La situlogía va a
dar un impulso decisivo a las dos tendencias en su
desarrollo. Se puede poner de nuevo el ejemplo de la red
representada por el dispositivo de Galton. Como aparato
de juego, esta máquina que hace tilt se halla
en la mayor parte de las tabernas de París: y como
posibilidad de variabilidad calculada es el modelo de
todas las redes telefónicas.
Éste es el lado creativo, que precede
al lado analítico en la situlogía general y elemental: los
situacionistas serán los que aplastarán las condiciones
existentes. Vamos pues a comenzar nuestra
demostración retomando el método de nuestro criminal.
Pero para evitar hacer de este procedimiento un drama
sangriento nos zambullimos en un mundo totalmente
imaginario y abstracto, como Euclides.
Comenzamos por prestar a un objeto la
cualidad de una homeomorfía perfecta, una cualidad
absoluta y prácticamente inexistente como la ausencia de
extensión espacial que Euclides daba a su punto.
Atribuimos a una bola totalmente esférica y de un
diámetro preciso una plasticidad absoluta. Puede
deformarse en cualquier sentido sin romperse o
agujerearse nunca. Nuestro objetivo ante este objeto de
una simetría tridimensional perfecta es claro. Vamos a
aplanarla completamente para transformarla en una
superficie de dos dimensiones y encontrar la cifra de su
equivalencia homeomórfica. Vamos a disminuir la altura
de esta esfera en diez reducciones iguales hasta cero, y
a calcular la escala de aumento de los dos diámetros
correspondiente a las disminuciones registradas del
tercero, a medida que la bola se transforma cada vez más
en una superficie. La última cifra puede deducirse de
las nueve precedentes. Es evidente que no se puede llegar
al infinito, puesto que el mismo procedimiento con una
bola cinco veces más grande debe dar una superficie al
menos cinco veces mayor, y la existencia de dos infinitos
con una diferencia de tamaño medible supera la lógica
(salvo la de Lemaître cuando habla de eternidad). El
trabajo práctico de cálculo vinculado a esta
experiencia lo dejamos a los matemáticos, si no tienen
nada mejor que hacer.
No hemos acabado. Escogemos una
diagonal en esta inmensa oblea sin espesor y comenzamos a
alargar la superficie, igual que en la experiencia
anterior, para acabar en una línea sin espesor, haciendo
los cálculos de la misma forma. Así tenemos la
equivalencia homeomórfica expresada en cifras entre un
objeto de tres, dos y una dimensión, y todo el mundo
puede empezar a protestar. Los más inteligentes
aguardarán pacientemente diciendo que Euclides empezaba
por un punto. ¿Cómo reducir esta línea inmensa a un
punto único? No puedo más que volver a la esfera. Esto
sería verdad si la situlogía fuera tan sólo un
fenómeno espacial y posicional.
Einstein explicó que si una línea
pudiera alcanzar la velocidad de la luz se encogería
hasta desaparecer totalmente en el sentido del recorrido
en tanto que longitud, mientras que un reloj a esa
velocidad se detendría. Es lo que vamos a hacer. Todo el
asunto está regulado de la misma forma. El único
inconveniente, menor, de que este procedimiento
espectacular sea invisible, es que no puedo tomar
posesión de mi punto que se alarga a través del
universo. Si pudiera transformar este movimiento a
través del espacio en rotación en un lugar sería de
nuevo más o menos dueño de mi punto.
Einstein declara que "el espacio y
el tiempo concebidos separadamente se han convertido en
sombras vanas, y sólo una combinación de los dos
expresa la realidad". A partir de esta observación
precisé en otro sitio que el punto de Euclides, al no
poseer dimensiones espaciales y tener sin embargo que
representar una dimensión cualquiera, ya que está en el
espacio, representaba al menos la dimensión del tiempo
introducido en el espacio. Y tanto más cuanto es
imposible fijar un punto sin duración en el espacio. Sin
duración, no hay posición.
Pero para que ese punto pueda poseer la
cualidad del tiempo, debe poseer la cualidad del
movimiento, y como el punto geométrico no puede
desplazarse en el espacio sin formar una línea, ese
movimiento debe ser una rotación o evolución
alrededor de sí mismo. Aunque debe ser continuo, no
puede sin embargo poseer ni un eje ni una dirección
espacial, y además ese torbellino no puede ocupar el
menor espacio. Aunque esta definición del punto es más
rica y positiva que la de Euclides, no parece menos
abstracta. Pero desde que me he enterado que hay un
geómetra griego, Héron, que había inspirado a Gauss
una definición de la línea recta como una línea que
gira alrededor de sí misma como un eje sin que haya
ningún desplazamiento de los puntos que la componen, y
teniendo en cuenta que mucha gente conviene en que es la
única cosa positiva que se ha dicho nunca con respecto a
una línea recta, me siento en buen camino.
Pero un eje sólo puede girar en un
sentido. Hay que detenerlo para que gire en sentido
contrario, mientras que un punto en rotación puede ser
llevado a hacerlo en el sentido contrario y en cualquier
sentido mediante un cambio continuo de su eje de
rotación. De manera que la línea recta puede explicarse
así: si se conectan dos puntos que rotan al azar, están
obligados a hacer su revolución en el mismo sentido y
con la misma velocidad, reduciéndose el más rápido y
acelerándose el más lento.
Todos los puntos de una línea han
adquirido así una presencia en la dimensión espacial
que equivale a la pérdida de libertad de movimiento, que
se ha hecho orientado en el espacio.
Si no queremos quedarnos con esta
definición orientada y positiva de la línea hay que
inventar rápidamente una definición plástica. Para
alcanzarla hay que meterse en la cabeza que la geometría
plástica no pone el acento en el carácter infinito de
las dimensiones, sino en su carácter de presencia en
un espacio y un tiempo generales que pueden ser
finitos o infinitos, pero que son primarios con respecto
a todos los objetos que se quiere estudiar en cuanto a su
extensión. Todo volumen, toda superficie, todo segmento
de línea o fragmento de tiempo forma parte o está
extraído de la masa general del espacio y del tiempo
universales. En el análisis, por ejemplo, de un segmento
lineal en la geometría igualitaria de Euclides, se hace
así abstracción del carácter "infinito" de
la línea. Se corta un trozo olvidando el resto. En la
geometría unitaria esto no es posible. Una línea no es
una serie ininterrumpida de puntos, porque los puntos
han perdido algo para poder establecer una línea.
En un segmento de línea, sólo hay dos puntos que puedan
ser observados desde los dos extremos de la línea. Pero
¿cómo explicar que haya dos sobre un segmento de
línea, y no un punto cero, como en la semilínea? La
única explicación posible es que un segmento, con dos
extremos cero, debe estar compuesto por dos semilíneas
superpuestas con sus puntos cero cruzados que vayan en
sentidos opuestos. Un segmento es, por tanto, una línea
de doble recorrido de ida y vuelta, y de una longitud
doble de la distancia entre los dos extremos
polarizados o en contrapunto. Esto es una base para la
geometría plástica o dialéctica. Según esta óptica,
todo volumen determinado es un volumen fragmentado del
volumen general, o del espacio universal, por una
superficie: igual que toda superficie determinada es un
fragmento de la superficie general distinguida por
líneas y toda sección de línea un fragmento de la
línea determinado por puntos; y todo punto un momento en
el tiempo determinado por su duración.
La superficie específica que determina
un volumen, la superficie voluminosa, se llama
recipiente, forma, etc. Y posee en su funcionamiento,
como separación entre dos volúmenes, el carácter de
una oposición interior-exterior; como la separación
mediante una línea de superficie opone anterior y
posterior, y como el punto en la línea distingue el
sentido positivo y el negativo del recorrido. Estas
indicaciones sólo tienen sentido en la relación entre
los dos sistemas dimensionales, en la misma combinación
de coordenadas. El problema se hace más complejo cuando
se comienza a jugar con varios sistemas de coordinación,
relacionados uno con el otro, lo que se llama la
geometría proyectiva, cuyo ejemplo más conocido es la
perspectiva central.
Para comprender bien no sólo el
sistema de las proyecciones, sino el sistema de la
objetivación en general, hay que ver cómo se crean los
desdoblamientos de sistemas de coordenadas y cuál es el
sistema inicial, primario. El sistema de coordinación
primario a toda observación es el sistema de coordenadas
inherente al observador mismo, sus coordenadas
subjetivas. Ordinariamente se ignora este presupuesto
elemental de la observación. Las coordenadas del
individuo se llaman delante, detrás, arriba, abajo,
izquierda y derecha, y juegan un enorme papel en la
orientación no sólo en la ciencia, sino de una forma
primordial en la ética y en la orientación social,
donde el individuo es atraído a la izquierda y luego a
la derecha, volcado hacia delante, siempre hacia delante
por el progreso, empujado hacia atrás y acuciado hacia
la ascensión y la carrera hacia lo alto para ser llevado
al final bajo tierra. La dirección de la derecha es la
dirección del mínimo esfuerzo, la línea recta, la
dirección llamada justa o racional; y por el contrario
la izquierda es por naturaleza la dirección anárquica
del juego, del spinn o del máximo esfuerzo.
Pero cuando la izquierda política se convierte en la
dirección de una forma establecida de justicia siguiendo
la vía del mínimo esfuerzo, esta oposición carece de
tensión. Pero como la dirección del mínimo esfuerzo
indica la línea de caída, en nuestra óptica de
posiciones la línea de la izquierda, la del juego, debe
representar la ascensión. Es lo que he tratado de probar
con la inversión de la dialéctica. Sucede que la
palabra derecha (alemán recht, inglés
right) indica en las lenguas escandinavas la
ascensión (högre) hacia lo alto, lo que
simboliza por otra parte la izquierda. La confusión en
la orientación social en Europa y en su vocabulario gana
con ello el ser aún más rica y contradictoria. Éstas
son observaciones puramente objetivas, sin ninguna
consecuencia programática, pero que han tenido
influencia incluso en los conceptos religiosos más
elementales (cielo-infierno).
Las gradaciones métricas de un sistema
de coordinación permiten en realidad establecer una red
de líneas de coordinación paralelas de distancias
iguales. Esta cuadriculación permite cambiar y elegir
donde y como se quiera el punto cero y las direcciones
positivas dentro del sistema. Lo mismo sucede con la
línea y con el sistema de tres coordenadas.
Lo que necesita a veces la proyección
es que el sistema de coordenadas del objeto observado
esté desplazado en relación al sistema de coordinación
de base para la observación y la medida. La geometría
proyectiva indica así las reglas de las relaciones entre
dos o más sistemas de coordinación como si hubiera
dos o más espacios. Se puede, de esta manera,
multiplicar el mismo espacio mediante la proyección.
Pero esto sólo se justifica en la dimensión temporal.
La geometría positiva, que trabaja con
la semilínea, la cuarta parte de la superficie y la
octava del volumen, permite no obstante otro juego
puramente espacial. Se puede desplazar el ángulo recto
formado por las dos semilíneas negativas de una
coordinación de dos dimensiones y colocarlo en
oposición al ángulo positivo, y establecer entonces,
por ejemplo, un cuadrado. Esta operación explica por
qué el cuadrado puede encontrar su explicación en la
relación entre la circunferencia y la diagonal del
círculo, mientras que no se puede definir el círculo
por uno de sus detalles, que es el cuadrado. Esta
definición del cuadrado por yuxtaposición se une a
nuestra definición dialéctica de la línea, y muestra
cómo la situlogía es más inmediata que la geometría,
que se enfrenta siempre al problema de la cuadratura del
círculo.
Hemos esbozado aquí algunas
consecuencias de las conmociones que podría introducir
la situlogía en el pensamiento geométrico, pero es
evidente para el que sabe de esto que las consecuencias
no serían menores en lo que concierne a nuestros
conceptos físicos o mecánicos. La definición de
Einstein ya ha hecho comprender que la noción que
tenemos de la luz no se presta a ninguna dimensión
espacial. Pero sería falso sin embargo considerar que la
luz es inmaterial. Se puede reconsiderar incluso la vieja
noción mística de los cuatro elementos. Sabemos que no
existen como fenómeno absoluto, pero es extraño sin
embargo que la ciencia se haya negado a considerar una
distinción de estados de la materia tan pronunciada como
la existente entre los objetos sólidos, los líquidos,
el aire -o el gas- y la luz. Cuando se ve un cubo de
hielo fundirse de repente y extenderse sobre la
superficie de una mesa, se podría concluir que el estado
líquido representa la pérdida de una de las dimensiones
espaciales, reemplazada por un derrame de sustancia
liberada. Y la constancia de la tensión de una membrana
de agua parece ser tan importante en la física como la
constante de la velocidad de la luz. Esto haría
considerar la conclusión lógica de que los gases no
poseen más que una dimensión espacial, compensada por
el juego de su movimiento. Y si hay que pensar algo que
aún tenga menos dimensiones pensad en Maurice Lemaître
y sus amigos.
Asger Jorn